Dios en la Tierra

Hoy celebramos la fiesta de San Alfredo, rey que defendió a su pueblo de los vikingos

26 de octubre. Martes de la trigésima semana del Tiempo Ordinario. El santoral recuerda a San Alfredo. Además compartimos la 1ra lectura, Salmo y Evangelio de hoy.

Carta de San Pablo a los Romanos 8,18-25.

Hermanos:
Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros.
En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios.
Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza.
Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto.
Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo.
Porque solamente en esperanza estamos salvados. Ahora bien, cuando se ve lo que se espera, ya no se espera más: ¿acaso se puede esperar lo que se ve?
En cambio, si esperamos lo que no vemos, lo esperamos con constancia.

Salmo 126(125),1-2ab.2cd-3.4-5.6.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios, de canciones.

Hasta los mismos paganos decían:
“¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!”.
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!

¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como los torrentes del Négueb!
Los que siembran entre lágrimas
cosecharán entre canciones.

El sembrador va llorando
cuando esparce la semilla,
pero vuelve cantando
cuando trae las gavillas.

Evangelio según San Lucas 13,18-21.

Jesús dijo entonces: “¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo?
Se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció, se convirtió en un arbusto y los pájaros del cielo se cobijaron en sus ramas”.
Dijo también: “¿Con qué podré comparar el Reino de Dios?
Se parece a un poco de levadura que una mujer mezcló con gran cantidad de harina, hasta que fermentó toda la masa”.

Hoy celebramos la fiesta de San Alfredo, rey que defendió a su pueblo de los vikingos

San Alfredo, también conocido como “San Alfredo el Grande”, fue rey de Wessex -uno de los siete reinos que integrarían el futuro reino de Inglaterra- desde 871 hasta 899, año de su muerte. Alfredo se hizo célebre por defender su territorio en contra de la invasión de los vikingos, pero también por su espíritu caritativo y justo. Por esas razones se le llama “Magno” o “Grande”.

San Alfredo nació en el año 849 en Berkshire (Inglaterra). Fue el hijo menor de Ethewulf, rey de Wessex, quien murió cuando Alfredo tenía nueve años. El hermano mayor del Santo asumió el trono pero murió dos años después; luego lo hizo el segundo de los hermanos, y luego el tercero, Etelredo I. Tras la muerte de este en batalla, Alfredo asumió el trono e inició su carrera pública y militar, reorganizó las tropas sajonas y la caballería, derrotando finalmente a Guthrun el Viejo, monarca de los vikingos daneses. De esta manera, Guthrun se vio obligado a aceptar el tratado de Westmore en 878, por el que los vikingos debían abandonar Wessex e instalarse en los antiguos territorios de Essex, East-Anglia, Lindsey y Mercia, formando la región conocida como Danelaw. Si bien es cierto que Alfredo cedió algunos territorios garantizó la paz y la protección para su reino.

San Alfredo fue un hombre culto y educado, preocupado por la educación de sus súbditos. Fue un promotor de la educación y difusor del cristianismo. Al mismo tiempo introdujo reformas legales orientadas a mejorar la administración de la justicia. Una de sus preocupaciones fue que esta fuese dispensada sin miedo y sin favoritismos. Además, se preocupó por la restauración de las edificaciones de Wessex, muchas de ellas dañadas por las constantes invasiones de los bárbaros del norte.

San Alfredo mandó construir nuevos monasterios y renovó aquellos que habían sido derruidos. Asimismo, como parte de su empresa educativa, convocó a ilustres intelectuales de otras tierras como el Arzobispo de Canterbury, San Plegmund, o al Obispo de Mercia, Wetfrith; al monje benedictino San Grimbald; al abad Juan el Viejo Sajón; al cronista Asser; y al filósofo Juan Escoto Erígena entre otros.

Alfredo el Grande falleció el 26 de octubre de 899.

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