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Vamos a tratar de definir una cooperativa

Columna de opinión de Pedro Aguer.
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Pasamos frente a una cooperativa, vemos el cartel que dice su nombre y su objeto. Al tiempo volvemos a pasar pero el cartel es otro. Podría haberse tratado de una cooperativa agraria, de consumo, de crédito, de servicios públicos o de trabajo. No fue por una mudanza, ocurrió que la cooperativa había sido liquidada y cerró sus puertas. Pudo haber sido por razones diversas. Lo cierto es que ya no está más allí donde funcionaba.

¿A dónde se habrá trasladado?, ¿Se habrá fusionado?, se preguntará el transeúnte ignorando su destino.

Pudo haber sido, pero no, la transformaron en una SA, podrían contestarle inclusive sus ex dueños, los asociados que ahora operan o comercializan habiendo perdido su carácter de propietarios de la entidad que crearon por encontrarse en una situación de crisis, y salido airosos, con éxito, hasta que una vez logrado el objetivo de salvarse, dejaron que la empresa solidaria perdiera el rumbo y cayera sin que nadie pudiera evitarlo.

Pudo también ser por problemas de una mala administración, y sus dueños no tener la suficiente información y formación para producir el salvataje necesario en una asamblea. Donde naturalmente se tratan los problemas y se pone en funciones la democracia y la educación, que sostienen el sistema.

Pasó sencillamente que lo que vemos en el edificio con el cartel correspondiente, al estar frente a una cooperativa, no es tal, ahí operaba u opera una cooperativa. No importa el valor edilicio ni todo lo que en la construcción veamos. La cooperativa está en cada uno de sus integrantes, que mancomunada y solidariamente se reunieron para salir de una situación de riesgo que era sufrida individualmente, y se juntaron para ayudarse mutuamente, y poner en marcha una empresa de carácter privado pero de funcionamiento colectivo, autogestionaria, para entre todos hacer lo que separadamente no les era posible.

Si la cooperativa no es eso, si deja de ser eso, no existe, lisa y llanamente.

Esa es su esencialidad, si esto no sucede, los vicios, la corrupción, o el manejo de unos pocos o el “gerentismo”, encuentran el caldo de cultivo para la corrosión y la caída de la empresa, que habiendo dejado de ser solidaria se convirtió en una entidad sin presente ni futuro, en tanto y en cuanto lo era con motivo de su fundación.

No es por cierto la panacea, pero con defectos y errores, tratados participativamente, es muy difícil que la solidaridad no sea sinónimo de progreso.

La cooperativa no está en el edificio sino en la conciencia y en la voluntad de sus asociados.

Todo lo demás puede corregirse, modificarse, cambiarse, se puede reformar el estatuto y cambiar de objeto, o agregar nuevos, o poner en sociedad circunstancial con otras empresas o con el Estado, pero sin perder su espíritu, su identidad, de empresa solidaria. Lo que no se puede cambiar ni recuperar es que los asociados la hayan abandonado, que dejen ellos mismo de ser la cooperativa.

por Pedro Aguer

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