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Escuela “itinerante”de alambradores, un oficio vigente y jerarquizado

La ganadería fue una actividad que durante siglos tuvo la característica de ser rudimentaria y primitiva hasta la aparición del alambrado, inaugurándose así una nueva época en la historia económica de Argentina. Paralelamente surge hace 175 años el oficio de alambrador, una actividad que no pierde vigencia y que desde hace 8 años viene siendo jerarquizado por la “Escuela de Alambradores”.

Hace 8 años comenzó a observarse, debido a la demanda de mano obra, que no se podía cubrir la oferta de trabajo con los alambradores disponibles, esto motivó al Ing. Agr. Daniel Gilardi a fomentar el oficio ofreciendo la capacitación, que era dónde él consideró estaba el “talón de Aquiles”.

El profesional trabajó durante muchos años en el negocio del alambre en la empresa Acindar, uno de los grandes fabricantes locales del principal insumo, además es profesor en el Centro de Educación Agraria N° 3 de Cañuelas Provincia de Buenos Aires y conoce muy bien el “métier”.

Gilardi decidió hace 8 años, junto a un grupo de profesionales, implementar la “Escuela de Alambradores”, que en realidad podríamos decir  es una “escuela itinerante” ya que los profesionales recorren el país dictando el curso que dura 2 jornadas y en el que “se enseñan cuestiones básicas del alambrado tradicional de madera de siete hilos, también se mencionan las nuevas tecnologías como son los postes metálicos, o se adaptan los contenidos de acuerdo a las necesidades locales”, detalla el profesional, “sin lugar a dudas un curso de estas características jerarquiza el oficio”.

“Algunos de los que concurren a las capacitaciones aprenden desde cero el oficio pero también nos encontramos con alambradores de trayectoria que vienen por el título para que éste les sirva en futuros trabajos o simplemente para actualizar los conocimientos ya adquiridos”, aclaró Gilardi.

Sobre los cursos

En los cursos, que son intensivos desarrollados en dos jornadas con la modalidad teórico – práctico con una alta participación de los asistentes, se aborda la construcción y reparación de alambrados rurales con las últimas tecnologías, materiales de la zona, principios del alambrado, entre otros temas y está orientado tanto para productores, alambradores, personal de campo como a personas interesadas en tomar el oficio como actividad profesional.

“El módulo de capacitación está orientado a toda persona de formación o arraigo rural interesada en adquirir dichos conocimientos. Considerando que el ser humano tiene diferentes etapas en su vida para adquirir conocimientos, creemos que los jóvenes de entre 18 y 35 años de edad serán los principales receptores de las bases técnicas a brindar en dichos cursos. Es por ello que se considera que las personas que lograrán generar mayor provecho al curso brindado son personas de campo con experiencia en tareas manuales”, explica el Gilardi.

“Antes del alambrado, podía decirse: todo el país es camino”Domingo Faustino Sarmiento (1878)

Un oficio que cumple 175 años

Si buceamos en la historia del alambrado en Argentina, tendríamos que remontarnos entre 1705 y principios del siglo XIX, época en la que la “zanja” era el único medio de lindar los predios. Así podríamos decir que se inicia todo, y que el de “zanjeador” fue un oficio rural, que posteriormente deviene en “alambrador”.

Los cercos vivos fueron otra alternativa usada sobre todo en chacras, quintas o huertos, aunque era un obstáculo más firme y durarero, requería sin duda de mayor tiempo y más trabajo que cavar una simple zanja.

En 1824 con Rivadavia se produce un fenómeno denominado como la “merinización” que fomenta el ingreso de ovejas y carneros de raza, por lo tanto el refinamiento en el ganado ovino marcó un hito en la mejora de las comodidades y mayor seguridad para proteger la hacienda de raza pura.

Sin lugar a dudas un nombre asociado a los inicios del sistema es el de Richard Blake Newton, quien en 1845 lo implementó en su estancia Santa María, cerca de Chascomús. El alambrado que aún hoy se conserva, tiene un dedo de grueso, es una verdadera varilla de hierro y rodeaba solamente la huerta y el jardín de la estancia.

No obstante fue recién en 1855 ,el que podríamos denominar el “año del alambre”, dado que por primera vez en los anales de nuestro comercio exterior figura el alambre como artículo de importación, cuando por la aduana de Buenos Aires ingresaron 578 rollos por los que se pagó 857.000 pesos.

Posteriormente, en 1857, aparece en la Ley de Aduana el “alambre de cercar”, sujeto al pago de un impuesto equivalente al 5% de su valor. Así inferimos que ese es el momento en que el Estado le da “carta de ciudadanía” comercial a este factor de progreso argentino.

tenía un recado sencillo,corto, a la usa surera, y al borde de la encimera la california tocaba con ruido seco de aldaba la llave torniquetera” –  poeta Miguel Etchebarne

15 de marzo: Día del Alambrador

Contar con la celebración de un día especial en el calendario es muy importante y da la oportunidad de hacer conocer al público en general acerca de un oficio que ya tiene 175 años en Argentina.

Se eligió esta fecha en homenaje a Richard Blake Newton, hacendado inglés, quien introdujo el primer alambrado en nuestro país en la Estancia Santa María del partido de Chascomús, y por ese motivo el 15 de marzo de este año, comenzó a conmemorarse  el Día del Alambrador, establecido por una ordenanza del Municipio de Chascomús.

En 1845, Richard Blake Newton introduce el primer alambrado en la Argentina, en su estancia “Santa María”, a 50 kilómetros de la ciudad, cercando en primer término la huerta y la quinta.

En este sentido se considera que a este inglés llegado a la Argentina a comienzos del siglo XIX le corresponde el mérito de haber introducido e implementado, en 1845, un elemento que cambiaría radicalmente el rumbo de nuestra producción agropecuaria.

Sin dudas fue una gran contribución al progreso del campo argentino. La introducción de este elemento innovador, como es el alambrado, marcó un antes y un después en nuestro campo, porque surge paralelamente el oficio del alambrador, una nueva clase de trabajador rural.

Homenaje al ñandubay

En la historia del alambrado, como dice Noel Sbarra en su libro “Historia del Alambrado en Argentina”, es necesario rendir homenaje al ñandubay. Este árbol indígena ha prestado más que ningún otro, importantes servicios a nuestra industria agropecuaria, durante muchos años sus troncos de madera durísima y imputrescible bajo la tierra se usaron en la construcción de los alambrados y de corrales de “palo a pique”.

Se transportan desde Entre Ríos y ocasionalmente desde el sur de Corrientes y norte de Santa Fe, en goletas o pailetbots a vela.

Su nombre proviene del guaraní: “ñandú”- avestruz; “igbá”- fruto; “i”- pequeño, significa fruto del árbol de ñandú sus arracimadas flores amarillas salpicadas de rojo son apetecidas por los avestruces.

Cuando el ñandubay empezó a escasear, los postes se alejaron hasta veinte varas uno de otro, cubriéndose los espacios intermedios con varillas de madera, hierro o alambre retorcido.

Posteriormente el ñandubay fue reemplazado por el lapacho, caldén, coronillo y quebracho.

En Entre Ríos se empleaba mucho el espinillo, también conocido como aromo o aromito, postes que han durado hasta 40 años en buenas condiciones.

Ñandubay

Legislación

El primer documento que legisla al respecto, es el Decreto de Bartolomé Mitre en ejercicio como gobernador de Buenos Aires, y data del 8 de agosto de 1860, está refrendado por Sarmiento y se refiere específicamente a caminos, expresando en el artículo quinto: “ningún alambrado se pondrá en adelante a la orilla de las grandes vías de comunicación sin autorización de un Juez de Paz”.

El 10 de octubre de 1862, suscripto por Mitre y Eduardo Costa, más concretamente se enuncian las normas generales a las que deberán atenerse quienes deseen alambrar campos. Luego en 1865 se sanciona el Código Rural donde la temática del alambrado es abordada en forma marginal.

“hasta un inglés sanjiador
Que decía en la última guerra
Que el era de Inca la perra
Y no quería servir
Tuvo también que juir
A guarecerse en la Sierra”
del Martín Fierro

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